​Oración sinfónica a San Perezón

Primer movimiento: Allegro ma non troppo
 
Querido San Perezón, que me ayudas cada vez, y sin que falte alguna, a tomármelo con calma: cuando no lo tengo claro, cuando no he disfrutado de suficiente descanso, cuando temo ser impertinente; cuando el peligro de soltar frescas a diestro y siniestro asoma la nariz; cuando el desequilibrio comienza a ser obsceno, cuando me absuelves del coraje y la valentía, cuando tu compañía es más grata que aburrida; cuando me temo que no sabré decir no y, Santa Fatalita no lo quiera, vuelvo a asomarme al género idiota con alto riesgo de precipitaciones; cuando me previenes de desastres varios y diversos (como no dar octavas oportunidades o no encontrarme haciendo paripés esforzados); cuando mi cuerpo físico necesita desecelerar la marcha de mis voliciones más desencarnadas. 
 
 
Segundo movimiento: Adagio molto
 
Querido San Perezón, que me ayudas cada vez, y sin que falte alguna, a dejarlo estar sin más: cuando hay riesgo de que mi alma se aleje por seguir insistiendo en lo que no merece la pena; cuando la repetición se vuelve escozor, cuando el esfuerzo terminaría por derrotar la complicidad una vez más, cuando seguir intentándolo me aboca a un poker de soledades; cuando se hace imprescindible esperar y contemplar sin prisa ni pausa pero con mucha calma chicha; cuando retirarme es la única manera de responder a las provocaciones del monstruo de la hiperfuncionalidad y la autosuficiencia; cuando mi deseo más dulce y recóndito sea acojerme a la horizontal y que me arropes junto a San Agustismo y San Derrengado, con vuestras gozosas bendiciones.
 
 
Tercer movimiento: Andante tranquilo e scherzo
 
Querido San Perezón, que me ayudas cada vez, y sin que falte alguna, a encontrar en la demora prudencia, en la procrastinacion inspiración, en la dejadez confianza y en el no hacer respeto, te agradezco con mis alabanzas que cuides, como solo tú sabes hacerlo, de las necesarias labores de mantenimiento del organismo, de la homeostática regeneración tisular, de la solidaria recuperación emocional, de la fascinante reparación vegetativa, del vital reajuste energético, de la milagrosa incubación espiritual, y del imprescindible barbecho existencial; y te ruego con denuedo que tu inefable e inconmesurable presencia nos acompañe como protección infalible del autocuidado más sostenible, reivindicativo, optimizador y talentoso al que podamos aspirar. Amén.
 
María Colodrón, del Nuevo Santoral para Entrañables Despistados.