Matices felices (primera parte)

Igual que no es lo mismo la ética que la moral, aunque a veces se confundan como sinónimos, tampoco tienen el mismo significado lealtad y fidelidad, confianza y esperanza, tener límites y poner límites, vínculo y apego, y lo que resulta aún más sorprendente para algunas personas, el amor propio y la autoestima. 

En muchos de estos pares que me gustaría comparar, se producen dos formas diferenciadas de manejar el contenido cognitivo y afectivo. Básicamente podríamos describir la primera como un procesamiento central, que supone reflexión e implicación de valores y decisiones personales; la segunda como un procesamiento periférico, que se basa en la adhesión a ideologías grupales o a atributos que ofrecen seguridad afectiva, esto es, elementos relacionados con apegos tempranos (atractivo, autoridad), con influencias de grupo mayoritario y/o con la búsqueda de la sensación de pertenencia. En relación a estos pares también aparece otros fenómeno psicológico habitual que tiene que ver con la percepción de control, aunque sea ilusorio, y con la dificultad para asumir la incertidumbre. Por último, pero no menos importante, interviene el ingrediente de la necesidad de coherencia interna que se recoge en la teoría de la disonancia cognitiva. 

Así, por ejemplo, la ética está relacionada con los valores ideales que guían el comportamiento humano tanto en el ámbito interpersonal como colectivo, mientras que la moral tiene más que ver con las costumbres, normas, tabúes y convenios establecidos por cada sociedad. La palabra moral deriva de la palabra latina morālis, que significa ‘relativo a las costumbres’ y puede entenderse como el conjunto de reglas basadas en los idearios y tradiciones de una sociedad y que se aplican en la vida cotidiana. Tanto la ética como la moral pueden fundamentar una guía de conducta, manifestando valores y estableciendo criterios sobre la idoneidad, conveniencia y adecuación de los comportamientos entre las personas. Sin embargo hay diferencias reseñables en tanto que la ética se sostiene desde la reflexión individual y la moral se asienta en la costumbre social. Además la ética se plantea construir valores absolutos, universales e imperecederos a lo que se podría llegar desde la reflexión y el consenso, mientras que los valores morales suelen imponerse como normas y costumbres, sus valores son relativos a la sociedad que los comparte y cambian de acuerdo a la época e ideología dominante. En este sentido la moral de una persona debe permanecer fija mientras esa persona quiera o necesite mantener su pertenencia al grupo de referencia, mientras que la ética puede ir transformándose en amplitud y profundidad según la capacidad reflexiva de la persona y su actitud existencial. Es decir los fundamentos éticos se encuentran directamente relacionados con la emancipación personal y colectiva, mientras que la moral no sólo no facilita la independencia de pensamiento sino que dificulta el cambio en los posicionamientos y perspectivas sobre los asuntos relacionados con valores e ideología.

De manera similar, suelen obviarse los diferentes matices que implica utilizar “lealtad” o “fidelidad”, como valor deseable. La palabra “lealtad”, proveniente de la palabra del latín ‘legalitas’, cualidad de ser respetuoso con la ley o, en el caso de aplicarse a una relación interpersonal, con un compromiso de respeto, apoyo y cuidado, esto sería “ser respetuoso con el pacto o compromiso de cuidar al otro u otros anteponiendo su bienestar a mis apetencias, impulsos o afectos” e incluyendo que en el bienestar del otro no sólo es compatible con mi bienestar sino que no podría mantener mi compromiso de respeto y cuidado hacia una persona a la que amo y/o me ama o para la que soy referencia afectiva si mi bienestar se ve perjudicado o no se encuentra subsumido en dicho compromiso. Por su parte, la palabra “fidelidad”, que proviene de la palabra del latín ‘fidelitas’, que se refiere a un compromiso moral, siendo una virtud, donde también entra en juego la coherencia a nivel moral de una persona, o incluso de una colectividad de personas que están vinculadas entre sí con el fin de que una obligación y/o vínculo hacia otra persona o colectividad de personas sea mutuo o recíproco y, por ende, válido y auténtico. Es decir, ser leal tendría más que ver con cuidar un pacto hacia uno mismo y/o hacia otra persona, mientras que ser fiel tiende a basarse en un compromiso social de exclusividad, prioridad y/o renuncia a salirse de unos límites pactados. Lealtad implica una actitud más afirmativa y propositiva, fidelidad se relaciona más con lo que «no se puede hacer» que con lo que necesitamos o deseamos hacer. La fidelidad suele ir encaminada hacia unos deberes y votos; en cambio, la lealtad normalmente va encaminada hacia el cuidado y el respeto de uno mismo y de la otra persona. Entre los valores de lealtad puede encontrarse la fidelidad pero generalmente esto no sucede a la inversa. Dos ejemplos que permiten ilustrar esta diferenciación son el dilema de los samuráis y la fidelidad afectivo-sexual presupuesta en las parejas tradicionales. Los samuráis deben fidelidad a su señor y lealtad a sus compañeros. En caso de que el señor les pida traicionar o matar a un compañero, el guerrero samurái debe elegir entre cometer un acto de deslealtad o de desobediencia. Este dilema suele saldarse con un ritual de harakiri ante la imposibilidad de incumplir con su compromiso con su superior y con su igual, en definitiva con él mismo en su dimensión vocacional y existencial. Por otra parte, en un matrimonio, uno o ambos cónyuges pueden mantener relaciones “afectuosas” pero no “afectivas” con amigos del mismo sexo o del opuesto en tanto que pueden mantener relaciones de amistad dentro de unos límites implícitos y preestablecidos: la mujeres pueden hablar de cosas que no hablan con sus esposos con otras mujeres pero no con otros hombres, de igual manera los hombre pueden hablar de determinadas cosas con otros hombre pero no con mujeres pues se supone que el apoyo y gestión emocional es una función del rol del cónyuge o, en su defecto, de los amigos del mismo sexo; al mismo tiempo las muestras de cariño pueden ser más efusivas entre mujeres que entre hombres siempre que no haya contacto de zonas erógenas y no se mantengan durante un periodo extenso de tiempo, el contacto de los hombre entre sí se limita a brazos, hombros y espalda, excluyendo cuidadosamente el contacto de las extremidades inferiores y de las regiones de vísceras, pudiendo en casos de bastante amistad golpear suavemente o tocar brevemente el pecho; este tipo de contacto físico mostrando afecto también puede realizarse entre personas de distinto sexo si uno de ellos es considerado públicamente de orientación homosexual. Todo esto configura unos estándares de “fidelidad” que pueden cumplirse a pesar de no estar cuidando al otro miembro de la pareja de una manera empática y significativa. De manera parecida a lo comentado en la reflexión sobre ética y moral, la lealtad facilita el ajuste a los cambios en la persona la relación tanto por el desarrollo esperable del ciclo vital y de la historia compartida, como por circunstancias imprevistas. La fidelidad establece un parámetro fijo de lo permitido y lo no permitido que no puede ser revisado sin un quiebre o cisma en la relación. En el mito fundacional de cualquier matrimonio tradicional se encuentre la idea de “en la salud y la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza…” que expresarían una suerte de lealtad pactada explícitamente, a lo que se suele añadir tácitamente “y el sexo nunca en la cama de otro/otra o en nuestra cama con otro/otra”. Sin embargo, una de las mayores dificultades en la vida de pareja consiste en la necesidad de adaptar y reajustar la relación para permitir los cambios que se dan tanto en los miembros de la pareja a lo largo del tiempo como en las circunstancias que afectan a la convivencia. Si no, es muy posible que ante el malestar dado por un pacto que ya no responde a las necesidades de uno o ambos miembros, se comience a fantasear, planificar o acometer una búsqueda de otra persona externa a la pareja con la que existe la expectativa de satisfacer esas necesidades que se encuentran sin respuesta en la vida de pareja. Esto que va a ser entendido como una infidelidad, de pensamiento u obra, opaca la deslealtad previa que suele darse en forma de omisión de diálogo, ausencia de búsqueda constructiva de alternativas entre ambos y falta de asunción de la propia responsabilidad respecto a la insatisfacción propia y del otro. Es decir, nos asusta y provoca malestar el tener que contactar con el cambio inevitable y con la incertidumbre que abre, así que pretendemos resolver la necesidad de seguridad desoyendo otras necesidades que antes o después van a emerger aunque sea de manera desplazada e inconsciente, en forma de quejas, de sentimientos incómodos o de estrategias habituales de distracción como priorizar otras áreas vitales alternativas a la pareja (trabajo, hijos, consumo de experiencias, servicios o bienes, etc.). Por eso, dentro de mi voluntad de ser leal puedo priorizar el cuidado de la otra persona incluyendo no dedicar tiempo en atender flirteos, usar energía en encuentro sexuales con alguien fuera de la pareja, no ponerla en riesgo de transmisión de enfermedad sexual, no aumentar la probabilidad de malestar emocional porque su pareja pueda sentirse rechazada o no elegida, etc. Pero, vuelvo a incidir, no puedo convalidar el cuidado con la exclusividad sexual. Que alguien no se “acueste con otros” no significa necesariamente que esté cuidando a su pareja. Mientras que cuidar a la pareja puede incluir no mantener relaciones sexuales fuera de la misma cuando implica una opción meditada, donde la dignidad y la libertad forman parte del proceso de toma de decisiones y donde uno se ofrece a sí mismo el gran regalo de poder fiarse de sí mismo, de ser leal al otro y a la relación, de creer en su capacidad de amar y de demostrar su amor más allá de comodidades, apetencias y conflictos.     

De manera similar podríamos distinguir un locus de control interno o externo en el par de tener confianza y tener esperanza, La esperanza implicaría que hay un deseo de que ocurra algo y una voluntad de creer en que sucederá, más allá de nuestra intervención o responsabilidad, Sería una alternativa a la percepción de control, otorgando a los hados, la suerte, el destino, la justicia divina o universal, el poder de conceder que ocurra lo que consideramos deseable. Por el contrario, la confianza tiene que ver con ser fiable para uno mismo, con asumir que ocurra lo que ocurra podremos responder de manera adecuada y digna. Cuando espero soy sujeto pasivo, cuando confío soy sujeto activo, aunque sea desde una actitud de implicación personal. Por ejemplo “espero que todo vaya bien”, es una especie de brindis al aire, de convocar a lo sobrenatural para que interceda por nuestra opción. En cambio si “confío en que todo vaya bien” apela a que hay unos previos en los que hemos actuado para favorecer un resultado. Del mismo modo si “espero que no me falles” dejo toda la responsabilidad al otro, mientras que si “confío en que no me falles” estoy tomando una decisión de ofrecer al otro la capacidad de actuar de la forma convenida. Esperar pide, confiar otorga. Cuando espero no ofrezco libertad, cuando confío necesito asumir mis expectativas, el riesgo de decepcionarme y el dolor que conlleva sin que eso cuestione o culpabilice al otro. Yo puedo confiar porque puedo asumir el riesgo de que el resultado no sea el que espero, por eso más allá de la “esperanza”, la “confianza” nos pone en juego, apela una actitud, nos hace tomar partido. Cuando se habla de estado de “buena esperanza” suele referirse a una gestación, un proceso que se da sin que a la madre le requiera una intervención consciente o volitiva para que se produzcan adaptaciones en su cuerpo, cambios en su sistema endocrino, crecimiento en el feto. El proceso biológico trasciende lo psicológico y lo existencial aunque afecte de manera significativa y trascendente. En estos casos, no suele utilizarse el término estado de “buen confianza” entre otras cosas porque las madres suelen dudar y desconfiar en algún momento de que todo pueda ir bien y/o de que vayan a ser buenas madres. Así que si bien han podido poner intención para quedarse embarazados, una pareja sólo puede esperar que se vaya produciendo el milagro mientras se preparan a sí mismo y a su hogar para dar cabida al nuevo miembro. Sí pueden confiar en que serán capaces, en qué lo disfrutarán, en que todo irá bien más allá de la incertidumbre y el misterio porque podrán responder desde su deseo y su compromiso consigo y con la criatura. Pero, como se puede deducir, este “confiar” implica una decisión, una actitud, una entrega  a lo trascendente, un darse o donarse a la vida.

Estos matices, más allá de los juegos semánticos y etimológicos, plantean unas connotaciones que activan ambos hemisferios. La utilización de una palabra u otra puede activar de la misma manera el hemisferio izquierdo en tanto que sean aparentemente sinónimas, sin embargo provocan convergencia o divergencia en la activación bilateral, en tanto que el procesamiento del hemisferio derecho si aprecia las diferenciaciones simbólicas y las sutilezas afectivas. Por eso, la utilización del lenguaje nunca es neutro, y más allá de un relativismo absoluto que plantee una construcción de la realidad desde lo lingüístico-cognitivo, sí es indudable que la realidad subjetiva puede ser transformada en tanto que se revisen o reajusten las construcciones sobre uno mismo y sobre el mundo adquiridas a lo largo del desarrollo madurativo y social. Quizás por ello considero que algunos matices pueden ser “felices” al ofrecernos recursos para detectar automatismos de pensamiento que nos están dificultando la reflexión y la emancipación, para desentrañar los dilemas implicativos que nos dificultan el cambio, y para transformar nuestras construcciones mentales de manera que sean más amables, compasivas y flexibles en nuestra realidad subjetiva (interioridad) y en nuestra realidad objetiva (convivencia con los demás y con el mundo).

María Colodrón, abril de 2023.