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Cuando acontece la vida
Hace tiempo que necesito dejarme acompañar por preguntas más que aprovisionarme de respuestas. Las contestaciones, a diferencia de las cuestiones, suelen estar sujetas a fuerzas gravitatorias y aducir fecha de caducidad.
Hay acontecimientos históricos, aconteceres biográficos y un acaecer vital que reclama nuestra interioridad, exhorta a que nos demos permiso para existir desde el ser y no sólo desde el estar.
Preguntaba a mis queridos lunáticos de Los cuidados del alma, sobre como la vida había pasado por ellos en estas tres semanas desde el último encuentro. Es decir, no tanto como habían pasado ellos por la vida, qué les había sucedido o qué habian hecho, sino más bien qué les había resultado significativo de lo acontecido, que podían rescatar en relación consigo mismos como protagonistas de su historia y no sólo como transeuntes de la trama.
Suele considerarse que un acontecimiento es un evento, hecho o suceso al que se le da cierta importancia, ya sea porque su naturaleza es azarosa o excepcional, o porque tiene un significado particular dentro de una comunidad. Por eso, los acontecimientos históricos son hechos relevantes que tienen un gran impacto en la vida de numerosas personas y que se guardan posteriormente en la memoria colectiva. Al mismo tiempo hay acontecimientos que sin suponer cambios en la Historia de la Humanidad, sí suponen cambios en la historia de nuestra humanidad. Como se hace hincapié desde la mirada existencial, es en la forma de encajar y responder a los sucesos que configuran nuestro destino donde nos jugamos la dignidad y por tanto donde la dramática existencial puede ofrecernos oportunidades para contactar con nuestra humanidad como seres dotados de libertad.
No es una cuestión nimia, cuidar de nuestra libertad es promover la libertad de nuestros congéneres. Para algunos filósofos, el acontecimiento implica un proceso de creación e introduce la idea de un funcionamiento irracional de lo real, donde resignificar lo que irrumpe puede transformar la realidad. Para mí supone que a través del acontecer de lo cotidiano y lo trascendente en nuestra vida, podemos alumbrar lo que necesita ser creado.
Que algo nos acontezca significa que más allá de la pasividad, la resignación, la victimización o la indiferencia podemos ser receptivos desde una actitud creativa: construyendo sentido; rehabilitando espacios de contemplación y reflexión; restaurando la comunicación intra e interpersonal; custodiando nuestra interioridad; restaurando memorias sensibles; amparando el vínculo entre nuestra vida y nuestro destino, como propios e intransferibles; y reescribiendo cada vez el hilo argumental que pueda acompañarnos y al que queramos acompañar más allá del devenir azaroso o determinista, según preferencias de estilo y mirada. Necesitamos revitalizar la cotidianidad, atender lo simbólico tanto como lo literal de cada experiencia, restituir el valor intrinseco de nuestros días y nuestros quehaceres con independencia de logros, satisfacciones o resultados. Porque al responsabilizarnos de nuestras huellas, dejaremos menos cadáveres por el camino.
Esta idea ya pertenecía a la tradición védica, la creación del Universo como forma de arte y la participación a través de nuestra capacidad de generar belleza en nuestros actos cotidianos. También en el taoismo, la virtud de atender la forma en que amamos y actuamos revela nuestra venerabilidad. Quizás por ello tuvo tanto sentido para mí cuando escuché, en determinada ocasión, que el arte trasciende la terapia. Quizás por ello esta idea sigue acompañándome. Podemos contactar con los recursos infinitos e ilimitados que disponemos gracias a las experiencias de amor. Por eso me resulta esencial hacer inventario de afectos y restituir la memoria de quienes fuimos y quienes eramos en relación a quienes nos ofrecieron sentirnos amados y percibirnos amantes. Porque puede haber distancias, fallecimientos, desencuentros, desengaño, pérdidas, decepciones y conflictos, pero nunca deberíamos olvidarnos de quienes fuimos y quienes eramos a la luz del amor. Como dice la canción «el corazón se equivocó/pero, tu amor era verdad»…
María Colodrón, noviembre de 2025.