Las tres AAA del acompañamiento

Cuando ofrecemos nuestra presencia y disponibilidad para ser referentes significativos durante un periodo temporal y vital de otra persona, conviene que tengamos en cuenta un doble objetivo, el de facilitar la emancipación y al mismo tiempo el de proporcionar un escenario seguro donde la persona pueda transformar las vivencias que le provocan conflicto, desplegar nuevos recursos y desafiar sus construcciones mentales sobre sí mismo y sobre el mundo. La secuencia que mejor puede dar respuesta a esta doble finalidad del acompañamiento es el de ASENTIR lo que es tal cual es (tanto en su dimensión objetiva como subjetiva), para después AMPLIAR la perspectiva o interpretación dada de manera que los sesgos interpretativos, juicios y prejuicios, creencias erróneas, guiones limitantes y otros automatismos psicoafectivos puedan ser superados o al menos reubicados de manera que no impidan la búsqueda constructiva de soluciones; de esta manera, aunque sea simultáneamente, podemos ofrecer APOYO sin debilitar, de manera que la compasión y la incondicionalidad no caigan en la condescendencia ni en el autoengrandecimiento.

El ASENTIMIENTO exige que respetemos las circunstancias internas y externas de la persona tal cual se muestran, tanto en su vertiente subjetiva (cómo lo siente, percibe y experimenta la persona) como en su coyuntura objetiva (qué está sucediendo descriptivamente sin juicios afectados por valores, emociones o deseos).

La AMPLIACIÓN puede realizarse tanto a nivel sincrónico (la persona es más que lo que siente o piensa, es más que el síntoma, trastorno o dificultad, más que lo que ella puede ver de sí misma, también más de los que yo puedo ver de ella), como a nivel diacrónico (en otras ocasiones pudo superar la dificultad, pudo desplegar recursos, cuando pase un tiempo lo verá de otra forma, podrá relativizarlo e incluso sentirse agradecido por la experiencia).

El APOYO que en la mayoría de las ocasiones surge reactivamente, sin el proceso interno de ASENTIMIENTO y AMPLIACIÖN, que puede ser o no explicitado a la persona que acompañamos, por lo que suele responder más a nuestra propias necesidades, deseos y dificultades que a las del otro. Es decir, necesitamos revisar y cuestionarnos si estamos ayudando desde nuestra necesidad de sentirnos valiosos, nuestro deseo de que la persona no viva dolor o dificultades o nuestras dificultades para afrontar la impotencia, convivir con el dolor y asumir las limitaciones inherentes a la vida humana y a un contexto socio-histórico dado. Por otra parte , es habitual tener en cuenta tres tipos de apoyo según el tipo de interacción ofrecida: el apoyo emocional que se basa en una interacción afectiva y que debe incluir una receptividad a través de las escucha y la mirada, así como un calibrar la cercanía y el contacto físico de manera que la persona acompañada no sea invadida ni se le quite protagonismo a su vivencia; el apoyo informativo, que proporciona los datos, conocimientos o la manera de acceder a recursos que pueden ayudar a la persona a dar respuesta a sus necesidades; y el apoyo instrumental que atiende de manera resolutiva a las circunstancias que necesitan ser atendidas, transformadas y/o resueltas.  Hay un tipo de apoyo que no suele ser contemplado y que sin embargo resulta crucial en muchas ocasiones y tiene que ver con la apertura al misterio y la incertidumbre. En numerosas ocasiones las personas necesitan dar lugar a esa dimensión experiencial que no puede ser explicada ni sobre la que se puede intervenir, y que justamente por ello provoca tanta necesidad de compartirla con un otro significativo.

María Colodrón, febrero de 2023